Danzar es estar fuera de una misma. Más grande, más hermosa, más poderosa.
Esto es poder, es la gloria en la tierra y es tuya, para que la utilices.

- Agnes de Mille -

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El respeto hacia la figura del maestro I

"Identificando las dificultades"

Hoy en día, a veces me siento un poco "anticuada" al afirmar una y otra vez que me gusta tomar la figura del maestro -considerada como "toda persona que enseña", sea mujer u hombre- como algo muy, muy importante y algo que, en todos los casos, debe ser sinceramente respetada.

No me refiero a un respeto solemne, de hacer reverencia hincando la rodilla en el suelo cada vez que aquella persona que te enseñó pase cerca tuyo, no; más bien quiero decir que se le debe un respeto natural, para nada forzado y  con algo de gratitud y alegría al mismo tiempo.

Si hoy aquí hablamos de maestros, vamos a introducirnos en el tema echando un vistazo -de manera no exacta, pero sí aproximada- a algunos perfiles de personas que ejercen como maestros en nuestra querida Danza Oriental:

Hay personas cuya gran virtud y más fuerte pasión es bailar, exponiéndose en un escenario, maravillosamente imponentes, auténticas, expresivas, intensas, al calor de las luces y los aplausos; se esmeran por tener  un repertorio de calidad, espectacular, impactante y recordable, lo mismo que  sus vestuarios. Son las que sin lugar a dudas llamamos"estrellas" (nacionales e internacionales) y son las caras más reconocibles, las que nombramos con más frecuencia por convertirse en los referentes del momento, las que iluminan continuamente los carteles de los festivales.

Hay otro grupo de personas que se desviven por transmitir la danza dentro de las paredes de una sala de clase, entregando todo lo que saben de forma abierta y asegurándose de que las que estén allí presentes entiendan bien lo que se está "estudiando". Trabajan por hacer más accesible lo que se les explicó de manera insuficiente o poco clara en el pasado.

Son inspiradoras, son el estímulo para seguir aprendiendo, quienes te dan las ganas de tener clases todos los días, y quienes buscan sinceramente potenciar tus cualidades. Son las que llamamos las "maestras" de danza, y son, en número, muchas más que les "estrellas". Algunas nunca llegan a disfrutar de gran fama como bailarinas, pero se sienten realizadas con su labor docente tanto como si hubiesen acabado de ser aclamadas en medio del Ahlan Wa Sahlan. En ciertos casos, estas "maestras" obtienen también un gran prestigio con el paso de los años -y, como siempre digo,  no siempre de manera rápida- por la constancia y la calidad de su formación (cosa de la cual siempre se suele correr la voz, atrayendo esto gran cantidad de alumnas).

Nota: en este grupo existe, tristemente, un subgrupo que llamaríamos "mercenario/as", en el cual lo único que importa es hacer movimientos que parezcan Danza Oriental y luego...a cobrar la mensualidad. En este artículo no me voy a ocupar de esos casos, ya que son un problema aparte bastante jugoso como para dedicarle 2 líneas.

Y hay un tercer grupo de personas que, de manera extraordinaria y asombrosa, conjugan la pasión del escenario con el fervor por el aula de clase. En este grupo - se pueden imaginar- hay muchos menos integrantes (y seguramente, al leer esto, ya habrán pensado en 1 o 2 nombres... pero ninguno más).

Y es que ser una estrella no hace automáticamente al maestro o maestra, todas lo sabemos, por más excelente técnica que maneje. Ese estilo único que ella tiene (y que las admiradoras buscan aprender/copiar/asimilar) no siempre puede ser "sistematizado" con éxito, a veces las palabras o explicaciones pueden  fallar a la hora de exteriorizar lo que tan íntimamente se fue gestando dentro de ese/esa artista gracias a sus propias experiencias vitales, ideales, gustos, etc. O a veces puede ocurrir que su método de enseñanza no es el que una prefiere como alumna por ser, o bien demasiado estricto o demasiado informal.

Al dividir a las personas en estos 3 grupos, mi intención no es juzgar quién es el mejor, sino delinear estos perfiles para entender mejor lo que comentaré a continuación. Porque este artículo se trata del respeto a la figura del maestro, y lo que hicimos recién fue, como anticipé, hacer un repaso de los posibles tipos de personas que generalmente enseñan esta danza.

Hoy elegí este tema porque cada vez más se escucha a profesionales "quejarse" sobre la notoria falta de respeto hacia aquellos que han dedicado su vida a transmitir esta danza, cosa que me causa mucha tristeza, porque el respeto debería ser algo que tiene que fluir y no algo que haya que explicar o imponer. Con respecto a esto, me llama muchísimo la atención que en clases de ballet a la maestra se la respeta con un aire casi solemne y esto suele responder a la gran rigurosidad y exigencia que ésta vuelca en su formación de cara al alumnado. Me gustaría creer que para ganar respeto no deberíamos recurrir a un frío endurecimiento en las formas de dar clases, porque no lo considero estrictamente necesario, si todas echamos un poco de sensatez, responsabilidad y buena fe en el asunto.

Cierto es que hoy en día, los maestros y profesores ven "degradada" su posición en nuestra sociedad cuando hablamos de educación en escuelas primarias y el instituto. Ha dejado de ser "una autoridad" en la que padres dejaban descansar la educación de sus hijos para transformarse en el blanco sobre el cual descargar los dardos paternales en caso de que el alumnito resulte contrariado en algún aspecto por parte del maestro (reprimenda por incumplimiento, llamada de atención, calificación baja, etc).
Decir esto no significa que prefiera las antiguas maneras de educación que solían incluir el castigo físico...¡no!; lo que intento marcar es que es bastante desolador ver que la figura del maestro "formador" hoy sea tan vapuleada incluso por los padres, haciendo esto que los niños sigan el ejemplo, perdiendo así el sentido del valor del respeto. Porque por supuesto, un niño jamás respetará lo que sus padres no respetan, por directa identificación con éstos.

Así que la cosa se complica en una sociedad que ha desvalorizado la importancia de aquella persona que, a través de ejercicios, explicaciones, a veces juegos, otras veces problemas a resolver o desafíos, te va guiando para que aprendas a desenvolverte solo en aquella actividad que estés empeñado en asimilar. ¿Y no les parece a ustedes que todo este tema también está ligado a la pérdida del amor hacia el proceso de aprendizaje?

Hoy es más importante el resultado que se obtiene luego de pasar un ciclo determinado (llámese certificado, diploma, máster, etc) que el proceso mismo que te llevó a obtenerlo (y en el marco de una sociedad que adora la velocidad, ese proceso siempre es percibido como algo lento, interminable, una tortura). En definitiva, se mira más el prestigio, o el beneficio económico o "el poder" que aportará ese resultado obtenido, o el "QUIÉN" te enseña (por las mismas motivaciones de prestigio o poder) más que el "CÓMO" te enseñan y CÓMO vas aprendiendo.

Resumiendo más: la enseñanza se ha reducido, en muchos campos, a un mero trámite. Por ende, la figura del maestro ha pasado a ser un puente obligado -Y POR ESO MISMO, NO SIEMPRE RESPETADO- entre una necesidad puntual y urgente y la satisfacción de esa necesidad, que en última instancia, poco tiene que ver con el amor hacia la actividad impartida. Y esto les ocurre a los 3 perfiles de maestros que antes mencioné.

En esta última frase hay un concepto que es clave: el amor por la actividad impartida. Ese concepto toca a las dos partes del proceso de formación: al que enseña y al que aprende. Porque si un maestro no quiere de verdad lo que enseña, no respetará a su alumno (tema que trataré en otro momento), y si un alumno no quiere de verdad lo que va a aprender, es muy difícil que respete "naturalmente" a su maestro; no le surge, no lo considera con el "mimo" o la importancia adecuada.

¿Cuál es la solución al problema, entonces, en un mundo donde el verdadero afecto por cada cosa que se hace es cada vez más una cuestión de "románticos"?

No se puede exigir -sería un poco déspota, y también poco factible- que todas las personas que hoy deciden apuntarse muestren una pasión ardiente por la Danza Oriental o que todas las personas que enseñan lo hagan con total altruísmo y una inmaculada devoción por este Arte...pero creo que sí se pueden proponer algunas actitudes que desembocarían en un mejor fluír del vínculo "maestro-alumno", cosa que nos beneficia a todos...

Y ya que estamos, me gustaría dejar muy claro que las propuestas que irán a continuación, en la 2º parte de este artículo, surgieron como resultado de la continua observación y posterior reflexión sobre los casos de los que hablaré. No me expreso con ninguna verdad absoluta ni desde ninguna posición superior, sólo me gustaría seguir ensayando una búsqueda de soluciones y estimular a otras a hacer lo mismo... porque cuantas más seamos... ¡mejor!)

(ir a la segunda parte)

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